“Frente a la primera casa, una mujer gorda, negra, vendía sobre una mesita de madera, café y tortas de maíz, arepas.
- Buenos días, señora.
- ¡Buenos días, hombres!
- Dos cafés, por favor.
- Sí, señores.
Y la buena mujer gruesa nos sirvió dos deliciosos cafés, que bebimos de pie, porque no había sillas.
- ¿Cuánto le debo?
- Nada.
- ¿Por qué?
- Porque quiero ofrecerles el primer café de la libertad.
- Gracias. ¿A qué hora hay autobús?
- Hoy, como es fiesta, no hay autobús, pero a las once sale un camión.
- ¡Ah! Gracias.
Una joven, de ojos negros y de piel ligeramente morena, salió de la casa.
- Entrad en la casa y sentaos- Nos dijo con una bonita sonrisa.
Entramos y nos sentamos junto a un grupo de personas que estaban bebiendo ron.
- ¿Por qué saca la lengua su amigo?
- Está enfermo.
- ¿Se puede hacer algo por él?
- No, nada, ha quedado paralítico. Es preciso que entre en un hospital.
- ¿Quién le dará de comer?
- Yo.
- ¿Es hermano tuyo?
- No, amigo.
- ¿Tienes dinero, francés?
- Muy poco. ¿Cómo sabes que soy francés?
- Aquí todo se sabe enseguida. Ayer supimos que iban a ponerte en libertad. También sabemos que te evadiste de la Isla del Diablo, y que la Policía francesa te quiere capturar otra vez para volver a enviarte allá. Pero no vendrán a buscarte aquí, porque aquí no mandan ellos. Nosotros te protegeremos.
- ¿Por qué?
- Porque…
- ¿Qué quieres decir?
- Toma, bebe un trago de ron, y dale también a tu amigo.
Una mujer de unos treinta años, casi negra, tomó la palabra. Me preguntó si estaba casado. No. Si mis padres todavía vivían. Sólo mi padre.
- Estará contento al saber que estás en Venezuela.
- En cuanto a esto, sí.
Un blanco, alto y seco, de grandes y simpáticos ojos, dijo a su vez:
- Mi pariente no ha sabido decirte por qué te protegeremos. Pues bien, voy a decírtelo yo. Porque, salvo en el caso que esté rabioso, y entonces ya no se puede hacer nada, un hombre puede arrepentirse y ser bueno, si se le ayuda. Por esto te verás protegido en Venezuela: porque amamos al hombre y creemos en él.
- ¿Por qué razón supones que estaba prisionero en Diablo?
- Ciertamente, por algo muy grave. Acaso por haber matado, o por haber hecho un robo muy importante. ¿A cuántos años te condenaron?
- A cadena perpetua.
- Aquí, la pena máxima es de treinta años. ¿Cuántos has cumplido?
- Trece. Pero soy libre.
- Olvida todo, hombre. Olvida lo más aprisa posible lo que sufriste en las cárceles francesas y aquí, en El Dorado. Olvídalo, porque si piensas demasiado en ello, tendrás que guardar rencor a los hombres y, acaso, llegarás a odiarlos. Sólo el olvido te permitirá volverlos a amar y vivir entre ellos. Cásate cuanto antes. Las mujeres de este país son ardientes, y el amor que te dará la que elijas, te ayudará, gracias a la felicidad y a los hijos, a olvidar lo que hayas podido sufrir en el pasado.
Llegó el camión. Di las gracias a aquellas buenas gentes y salí sosteniendo a Picolino por el brazo. Unos diez pasajeros estaban sentados en los bancos situados detrás de la cabina del camión. Con gran amabilidad, aquellas humildes personas del pueblo nos cedieron las dos mejores plazas en la cabina, al lado del chófer.
Mientras viajábamos en el camión, que saltaba como un loco sobre la pésima carretera, llena de baches y pedruscos, pensé en el curioso pueblo venezolano. No tenían instrucción ni los pescadores del Golfo de Paria, ni los soldados rasos de El Dorado, ni aquel sencillo hombres del pueblo que me habló en el interior de aquella casa de paja y de tierra. Apenas sabían leer y escribir. Entonces, ¿cómo podían poseer tal sentido de la caridad cristiana, tal nobleza de alma, que les permitía perdonar a los hombres que han delinquido? ¿Cómo podían dar con las palabras de aliento delicadamente apropiadas, ofrecerse a ayudar al ex presidiario con sus consejos y con lo poco que poseían? ¿Cuál era la razón de que los jefes del penal de El Dorado, personas instruidas, tanto los oficiales como el director, coincidieran con el pueblo en las mismas ideas: dar una oportunidad a un hombre perdido, quienquiera que fuese, y sin tener en cuenta la importancia de su delito? Estas cualidades no las pudieron haber heredado de los europeos: por tanto, les venían de los indios. Sea como fuere, debes sentir el mayor respeto hacia ellos, Papillon”
Fragmenteo de “Banco”, de Henri Charrière.